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    Carrusel

    crepusculosss
     
    Lóbrega comparece la madrugada.
    Avanza huérfana de estrellas;
    abrupto y oscuro el sendero
    que al páramo de los sueños lleva.

    Concédeme cielo un lucero
    que de este negror me proteja;
    con su luz salvaré precipicios
    y eludiré traiciones y piedras.

    Mariposea por las calles la brisa,
    trasminando a lavanda y hierbabuena
    y enlazada por la cintura,
    para que no huya, al alba ostenta.

    El día bostezando asoma,
    remiso a ceder a la noche su estela.
    Al amparo de su oculta cara,
    los sueños, en pos de la luna vuelan.

    El sol enardeciendo la mañana,
    de azules y fuego la bosqueja.
    El poniente con denuedo rola,
    y baila un tango con las veletas.

    Se despereza el crepúsculo,
    y al astro rey corea una nana lenta,
    y éste, ronronea, y tiñe el cielo,
    de violetas, naranjas y sepias.

    La luna, conmovida por tamaño esplendor,
    se regocija, allá en su ventana quieta.
    Y conmina a las estrellas a emprender
    otro rondo, azuzando ensueños y quimeras.

    Y así, gira y gira,
    sin pausa ni clemencia.
    La rueda de las noches y los días.
    El carrusel de los ocasos
    y las alboradas nuevas.

    ©Trini Reina

    SEVILLA

    giralda_sevilla

    Noche en la blanca cornisa.
    La ciudad, se divisa iluminada;
    garbosa bailaora retozando descalza;
    de luces vestida, festiva engalanada.

    Centelleando el río, sierpe de plata.
    La luna, acicalándose, se refleja en el agua
    y  perfila sus labios, con carmín de naranjas.

    Al fondo, una Ninfa de arabescos labrada.
    Dorada reluce con encajes de gala,
    el más afamado minarete que los árabes nos legaran.
    Desde la lejanía se contonea la Giralda;
    orgullosa veleta misteriosa y embrujada.

    Tras ella, sus primas lejanas,
    las gemelas agujas de plaza de España,
    hija de Aníbal González;
    de marmóreas columnas y azulejos diseñadas.

    Perfumada de jazmín y azahares,
    Sevilla nocturna, desde el Aljarafe observada;
    si con sol tiene un color especial,
    de noche, esplendorosa se derrama.
    ¡Y que decir del duende! que la habita de madrugada.

     

    ©Trini Reina

    TODO ES DE COLOR

    flores2 
     
    Poseída fui por una quimera.
    Fecundadora de inquietudes en mis sentidos.
    Flamante latido en el pecho,
    calor de mayo desterrando mi frío.

    Con fantásticas visiones brillaban,
    doblemente verdes
    mis glaucos ojos.
    Sobre mi pelo el firmamento,
    de añiles pintaba mil tonos.
    Carmines y rubores el semblante,
    rojez que la viva sangre rebosaba.
    Todo lucía de colores,
    acuarelas en mi alma…

    La luna me brindó gotas de embrujo.
    El sol, dos rayos de fuego.
    Las alas de mis manos volando,
    en papel ilustraron mis sueños.
    Y el aire fue más límpido,
    las lágrimas herían menos.
    Coronado de flores,
    mi reflejo en el espejo.
    ©Trini Reina

     

     

    VIEJA ESTAMPA

    Se derramó la paleta de los grises
    impregnando de plomo el firmamento.
    El aire llegaba cargado,
    tan denso como el acero.
    No era frío el ambiente,
    la primavera, ya nacida,
    dormitaba en sus aposentos
    mas; en las caras desnudas,
    la brisa húmeda depositaba sus besos.

    Entre las ramas de los árboles;
    mitad verdes, mitad resecos,
    una sombra con alas
    divisé sin creérlo.
    Agucé más la mirada,
    paré los pies en seco,
    una cigüeña volaba
    por desacostumbrado cielo.
    Sólo fue un instante
    luego, tras las nubes,
    se ocultó el ensueño.

    Quizás erraba perdida,
    o tal vez, lo intentó de nuevo,
    volver a formar su nido;
    en las urbanizadas torres del pueblo.
    Fue una visión hermosa.
    Una estampa de otro tiempo
    cuando las cigüeñas anidaban
    en los campos olivareros.

    El pueblo se hizo ciudad.
    Los olivos se perdieron.
    Las sabias aves,
    en parajes más libres
    sus nidos erigieron.

    ©Trini Reina