Llévame, niña, a ver el mar.
Llévame, en tu cochecito de cristal.
Prometo no perturbarte,
serena y soñadora habré de viajar.
Y, cuando hasta allí me allegue,
tras mis pies en la arena posar,
recorreré la dorada orilla
e, imaginando alcanzar el horizonte,
me complaceré del pasear.
Necesito enredar mi mirada a las olas,
aspirar la fragancia a vida y sal,
percibir el vaivén de las mareas
y a las gaviota, libertadas, ver jugar.
Colmaré mis pulmones fatigados
de diáfano aire sin igual.
Y en mi corazón el oxigeno renovaré
así dulcifique su palpitar.
Dejaré que la brisa me bese la cara
y que el viento, mi pelo, se avenga a erizar.
Quiero que mi blanca piel se broncee
bajo ese sol particular.
Y que allí, ante tan azur inmensidad,
mi espíritu se desnude y oree
y de las fauces de la melancolía logre escapar.
Anda niña, llévame a ver el mar,
Cosa sobria te pido, no te hagas de rogar
para ti colectaré finas conchas de nácar,
tenues caracolillos
y granates segmentos de coral.
Anda mi niña bonita, anhelo ver el mar
sabes que, como agua de mayo,
preciso ese encuentro espiritual,
contigo viajaré dichosa y encantada
Anda niña, llévame a ver el mar…
© Trini Reina
